DENTRO Y FUERA DE LA CIUDAD DE NUEVA YORK: UN ESTUDIO DE OBSERVACIÓN PARTICIPANTE DE LOS POBRES Y MARGINALES
DENTRO Y FUERA DE LA CIUDAD DE NUEVA YORK: UN ESTUDIO DE OBSERVACIÓN PARTICIPANTE DE LOS POBRES Y MARGINALES June Hart Romeo, PhD, NP-C is Dean and Professor
at MedCentral College of Nursing in Mansfield, Ohio. Journal of Cultural Diversity • Vol. 12, No. 4 Winter 2005. Trad. M. F.
Aproximadamente uno de cada siete ciudadanos americanos vive bajo la línea de pobreza y una cada cinco amas de casa americanas tiene dificultades para solventar las necesidades básicas alimentarías, incluyendo la compra de carne y los servicios (U.S. Census Bureau, 2000). Más de 44 millones de americanos, incluyendo nueve millones de niños no tienen seguridad social y alrededor de 100,000 personas perdieron esa cobertura (National Coalition for the Homeless, 2005a). En la ciudad de Nueva Cork, durante el invierno de 2004-2005, más de 36,000 indigentes, hombres, mujeres y niños durmieron cada noche en refugios y miles más en bancos de plaza, parques o subterráneos. (Coalition for the Homeless, 2005).
Las estimaciones de la pobreza e indigencia son comparadas con otros segmentos de población, está claro que las probabilidades de vivir en la pobreza no son azarosas. Minusválidos, niños, ancianos, jefas de hogar tienen más probabilidades de ser pobres que otros segmentos de población (National Coalition for the Homeless, 2005b). A partir de la distribución no azarosa surgen cuestiones sobe la naturaleza de la pobreza. Qué características hacen que la persona corra el riesgo de vivir en la pobreza? Qué hay en la naturaleza de la sociedad americana que promueve más altos niveles de pobreza en algunos grupos que en otros? Y, más importante, qué hay en la sociedad americana que permite la existencia de tales niveles de pobreza?
TEORÍAS DE LA POBREZA
La Teoría de la Cultura de la Pobreza
Hay cuatro teorías básicas de la pobreza en la literatura clásica de las ciencias sociales. La teoría de la cultura de la pobreza tiene una larga historia en antropología y sociología y sugiere que las características de los pobres ayudan a perpetuar la pobreza (Banfield, 1970; Galbraith, 1979; Lewis, 1966a, 1966b, 1998).
Originalmente entendida como una "perspectiva liberal, innovadora respecto de cómo el “pobre” había sido construido por su cultura de la carencia” (Solinger, n.d., \1), esta teoría ha sido cuestionada ampliamente por los científicos sociales. Pese a ello, sigue siendo popular tanto entre los políticos conservadores como en el público en general.
Los analistas y partidarios de la teoría de la cultura de la pobreza argumentan que la pobreza produce gente con características personales determinadas (por ej. orientadas al presente, desesperanzados, fatalistas, sin ética del trabajo, con un hedonismo desorganizado, autoindulgente e irresponsables) que provocan que el pobre y sus hijos permanezcan en la pobreza (Samueison, 1997; Solinger, n.d., 11). Los científicos sociales han prestado una atención considerable a los rasgos presentes en la perpetuación de la pobreza.
A partir de allí se levantan hipótesis de que la perpetuación de la pobreza se produce porque el pobre no aprende a dejar la gratificación de los planes a futuro y no está psicológicamente preparado para sacar ventaja de las oportunidades. Alternativamente, este rasgo es comprendido como la copia de un mecanismo que sería psicológicamente dañino y preocupante porque la realidad no se corresponde con las esperanzas puestas en el futuro. (Lewis, 1966b).
En síntesis, los pobres deben aprender a vivir el día. En un nivel individual, se ha adjudicado al pobre sentimientos de vulnerabilidad, dependencia, inferioridad y marginalidad. (Lewis, 1998). En un nivel familiar, es la ausencia de una larga infancia, temprana iniciación sexual, uniones libres o casamientos consensuados, una relativamente alta incidencia de abandono de viudas y niños, y mujeres al frente de sus familias.
En un nivel comunitario, existe una carencia de participación de los pobres en las instituciones sociales con la excepción de su contacto con la justicia criminal y los sistemas de ayuda social (Niskanen, 1996).
El objetivo de esta teoría, entonces es cambiar al pobre más que cambiar la sociedad. Una de las críticas más duras que se le ha hecho a esta teoría es que el pobr3e no constituye un grupo homogéneo y que hay en la actualidad un considerable movimiento fuera de la pobreza. (Young, 2005).
La Teoría Situacional de la Pobreza
El segundo modelo explicativo es la teoría situacional que enfatiza el estudio de las conditiones sociales como causas de pobreza en un nivel micro. De acuerdo a la visión situacional, los pobres tienen una conducta diferente que los miembros de los grupos más privilegiados porque carecen de recursos básicos, de empleos seguros o, simplemente, de oportunidades de vivir de acuerdo a los principios detentados por la sociedad establecida.
En otras palabras, deben actuar de forma pragmática, de acuerdo a su situación. (Beeghley, 2000; Delia Fave, 1974;Rodman, 1963). Muchas de las acciones del bajo pueblo pueden ser vistas como respuestas pragmáticas a las tensiones y depravaciones de la vida (Gans, 1972; Lewis, 1966b). No quiere decir que no han podido aprender los valores de la clase media, sino más bien, que ciertas actitudes y conductas son inapropiadas para la vida en la pobreza. Rodman (1963) escribió que la concepción elástica de las clases bajas les permite desarrollar sistemas de valores alternativos que rechazan las normas culturales generales de la sociedad. La socialización de los pobres, de acuerdo a esta postura, no es sustancialmente diferente; el problema es que las condiciones de vida en la pobreza son básicamente inconsistentes con la realización de las aspiraciones y objetivos de la clase media.
Los individuos pobres comparten muchos valores con los estratos dominantes, pero pueden aceptar alternativas cuando las contradicciones entre las condiciones ideales culturales y las reales son insuperables. Por ejemplo, la familia ideal de clase media (dos padres y niños) es aún el tipo dominante entre las familias pobres, pero se hace difícil mantener esta configuración cuando el marido no puede mantener la familia o está desempleado. Entonces, la familia convencional de dos padres, se quiebra o genera estructuras familiares que puedan adaptarse mejor a la situación real. Como anota Valentine (1968):
Las uniones consensuadas proveen una adaptación flexible que es funcional bajo condiciones de fluctuación de las circunstancias económicas, actuales o posibles y otras condiciones externas pues a menudo es deseable para los que cohabitan separarse temporalmente o permanentemente y contraer una unión alternativa, también temporaria o permanente (p.80)
Muchos aspectos distintivos de los estilos de vida de los sectores bajos son acomodaciones ante la escasez de dinero u otros recursos. El pobre no sabe guardar dinero porque hay muy poco dinero que guardar. Compra bienes caros en los negocios del vecindario porque el transporte a los lejanos Shopping centres es poco accesible. Queda enganchado a los altos intereses de los prestamistas porque los bancos no le ofrecen créditos. Tiene una dura visión del presente porque es realista respecto de las imposibilidades de cambio de su status socioeconómico.
Los que sostienen la teoría situacional de la pobreza piensan que las inequidades de las oportunidades ofrecidas por la limita la conducta del pobre y que abrir el espectro de oportunidades permitiría la expresión de los patrones de conducta propios de la clase media. (Davidson & Krackhardt, 1977).
Incluso sin encarar la totalidad del sistema de desigualdad, la teoría situacional deja de lado la responsabilidad atribuida a los pobres en cuanto a al restricción de oportunidades. Lo que se le critica a esta teoría, sin embargo, es que mejores escuelas y programas de capacitación orientados a chicos de la calle ayudarían sólo a un pequeño porcentaje de pobres. Este remedio no llegaría a aquellas personas de edad, inmigrantes ilegales, alienados mentales o madres con escasos recursos. (Young, 2005).
El Conflicto y la Teoría de la Pobreza
La tercera teoría es la estructural, o del conflicto, Basada en el marxismo, esta teoría ve cómo las tensiones entre las fuerzas políticas y económicas producen y mantienen la pobreza. (Beeghley, 2000; Collins, 1974; Dahrendorf, 1959; Mills, 1956; Schellenberg, 1996).
En contraste con el nivel micro de la teoría situacional, los estructuralistas sostienen que la macro estructura social produce desigualdad y consecuentemente, pobreza (Islam, 2005).
Considera la posición de los pobres en la estructura ocupacional de la sociedad.
La estructura ocupacional es una situación de conflicto y competencia en el mercado. Los Individuos con destrezas prestigiosas (por ej., destrezas que tienen una gran demanda y son relativamente escasas) pueden solicitar altos salarios y mantener sus empleos con relativa seguridad. El pobre, por supuesto, está en lo más bajo de la estructura ocupacional. Tiene pocas habilidades y son habilidades que pueden obtenerse fácilmente. (Por ej. acarrear herramientas en torno de una línea de montaje) y los avances tecnológicos han minimizado los requerimientos de mano de obra no cualificada, sobre todo en los sectores industriales.
. Islam (2005) sostiene que el capitalismo global y la industrialización son responsables de la pobreza a gran escala en todo el mundo.
La Teoría Functionalista de la Pobreza
En una nación tan rica como Estados Unidos, la pregunta obvia es “Por qué continúa habiendo una pobreza tan insidiosa?”
Los teóricos funcionalistas sostienen que hay segmentos de nuestra sociedad se benefician de la existencia de los pobres. (Beeghley, 2000; Davis & Moore, 1945). Hay una cantidad defunciones políticas, sociales y económicas que los pobres cumplen en la sociedad. Primero, la presencia de los pobres en las tareas sucias - empleos físicamente peligrosos, mal pagos, poco dignos, tediosos-, ejecutadas a bajo costo. Segundo, la pobreza crea empleos para ocupaciones y servicios para el pobre. Crea tanto empleos legales ( enfermeras comunitarias, expertos en ayuda social, trabajadores sociales) y trabajos ilegales (vendedores de drogas, prostitutas) Tercero, la identificación y castigo de los pobres como conservadores desviantes de la legitimidad de las normas sociales convencionales y de los valores corrientes en torno del trabajo duro, la frugalidad y la honestidad (Samueison, 1997; Sonnger, n.d.). Cuarto, en las sociedades jerárquicas, la existencia de la gente pobre garantiza el alto status de los miembros de otros grupos. Finalmente, la existencia de los pobres provee de oportunidades para que los miembros más afortunados de la sociedad desahoguen sus necesidades filantrópicas. (Gans, 1972).
El trabajo de los pobres representa un tema relativamente nuevo en la literatura acerca de la pobreza (Broyles, Narine, &Brandt, 2002; Shipler, 2004; U.S. Census Bureau, 2000).
Son personas cuyo trabajo es peligroso, mal pago, temporario o estacional- Muchos son analfabetos funcionales y tienen dificultades para leer los letreros de advertencia, llenar sus solicitudes de empleo y descifrar sus recibos de sueldo. Muchos han desertado de la escuela media. No ls gusta votar. Cerca de seis millones de trabajadores pobres trabajan a tiempo completo pero aún deben depender de la asistencia pública para completar su cuota alimenticia.
Las jerarquías de clase implican desigualdades en las relaciones de poder y en los intereses políticos, así como en las políticas económicas que relacionadas con la salud y las posibilidades de acción de una persona aumentan proporcionalmente a sus recursos. Las estructuras sociales, tales como la clase y el Estado, definen cómo se distribuyen el poder, y los privilegios entre las personas y grupos de la sociedad (Beeghley, 2005).
En este sentido, opresión es un término que se utiliza para indicar las relaciones desiguales de poder cristalizadas en la sociedad (Freire, 1971; Roberts, 2006). Las personas oprimidas por lo tanto ven restringidas sus posibilidades. Por otra parte, además de las diferentes clases sociales, existe en la parte inferior una subclase, un grupo de personas a los que se denomina marginales. Estas personas viven en los márgenes, o en los bordes, de la sociedad, en lugar de en la corriente principal (Hall, Stevens & Meleis, 1994)
Son personas cuya mano de obra no será utilizada por el sistema. La marginación es quizás la forma más peligrosa de opresión, ya que toda una categoría de personas es expulsada de la vida social y, por lo tanto, sujeta a graves privaciones materiales e incluso al exterminio. Este grupo a menudo se conoce como desposeídos, lo que significa que no tienen todos los privilegios y derechos como ciudadanos en las clases sociales más altos. Las personas que viven en extrema pobreza se aíslan a menudo en las ciudades y zonas rurales en la que rara vez viajan personas de clase media o superior.
Los marginados incluyen la gran masa de personas sin hogar, personas con enfermedades mentales, discapacitados, ancianos y niños. A menudo invisibilizados, privados de voz y casi sin alimentación, no son conscientes de las alternativas a su vida actual y de ninguna manera pueden emprender cambios de vida. Son los más vulnerables a "los riesgos para la salud resultantes de la discriminación, peligros ambientales, necesidades insatisfechas de subsistencia, enfermedad grave, trauma que conlleva el acceso restringido a los sistemas de salud "(Hall, 1999, p. 88).
Pobreza y salud
El número de personas que viven en extrema pobreza en los Estados Unidos ha ido en aumento durante las últimas décadas. Casi el 45 % de todas las personas pobres en los Estados Unidos tienen ingresos que son menos de la mitad de la línea de pobreza. Este segmento presenta las tasas más altas de enfermedades crónicas, morbilidad y mortalidad; la expectativa de vida es escasa y los problemas de salud, más complejos y más importantes pues suelen resultar de complicaciones con enfermedades crónicas (Broyles, McAuley & Baird-Holmes, 1999; Hoffman, Schoen, Rowland & Davis, 2001; Mouton, Beaudouin, Troutman & Johnson, 2001; Rathore et al., 2000; Reilly, 2003; Schulman, Berlín & Harless, 1999). Las personas pobres son hospitalizadas tres veces más que aquellas de más recursos.
Ello muy a menudo es el resultado directo de las barreras al acceso a atención médica (Andrulis, Duchon, Pryor & Goodman, 2003; Reilly, 2003). Estas barreras pueden ser físicas, tales como la falta de un centro de salud en una zona geográfica, o la falta de transporte. O, incluso, horarios inapropiados en la atención clínica. También se incluye la falta de seguro de salud o ingresos insuficientes para pagar para la atención. Por otro lado, las barreras pueden ser más sutiles, como las actitudes negativas por parte de los trabajadores de la salud, las dificultades de idioma y baja autoestima de pobres y marginados (Furlong, 2005; van corte, 2005). Como resultado de los problemas de salud, se reduce la productividad en el trabajo, así como en la escuela. Por lo tanto, la pobreza está asociada con la mala salud, y esto, a su vez, contribuye significativamente a su reproducción.
DOWN AND OUT IN NEW YORK CITY:
A PARTICIPANT-OBSERVATION STUDY
ABAJO Y AFUERA EN LA CIUDAD DE NUEVA YORK PERSONALIZADA: UN ESTUDIO DE OBSERVACIÓN PARTICIPANTE
En mi carrera de enfermera profesional, he atendido sobre todo a pacientes provenientes de sectores muy pobres y marginados, me han preocupado siempre las desigualdades en la asignación y distribución de los recursos de asistencia médica. Después de leer la amplia literatura estadística acerca de la salud y servicios de salud de los pobres desde el punto de vista de los prestadores, empecé a preguntarme cómo era el otro, es decir, el destinatario de esa atención. Reflexioné entonces, sobre cuán a menudo he intentado ayudar a mis pacientes a navegar en el complejo sistema de salud y recordé las dificultades que tuve, incluso en mi carácter de profesional experta y conocedora de los vericuetos del sistema. En un intento de comprender las experiencias y las necesidades de esta población, así como sus interacciones con los prestadores de salud, decidí pasar un tiempo en la ciudad de Nueva York entre los pobres y sin hogar y reunirme con ellos en el acceso a diversos servicios de salud creados específicamente para esta población.
Metodología
En la investigación se utilizó una metodología de observación-participante que implica que el investigador se convierta en un miembro del grupo que se está observando (DeWalt & DeWalt, 2002; Gold, 1958; Spradley, 1980) para así recoger datos desde la perspectiva de la pertenencia a los grupos indagados. Con esta estrategia, se reducen las modificaciones en las conductas que seguramente introduce el foráneo, por ejemplo un encuestador. Aunque pueda ponerse en tela de juicio la capacidad de un foráneo de convertirse en miembro de un grupo, tanto en lo relativo al pensamiento y a las acciones observables, la observación participante permite el estudio de las interacciones y reacciones de la población investigada. (Wmg, 1989).
Como observadora participante, me introduje en el grupo, tomando sus características y registré mis observaciones en relación a las apariciones diarias, así como mis reacciones personales. Observaciones y entrevistas informales se llevaron a cabo públicamente durante el curso normal de los acontecimientos. No se intentó interferir con las interacciones del grupo. Sus miembros y actores eran libres de comunicarse o no con la investigadora / participantes. Nadie solicitó datos personales o identificación. Los métodos de estudio estuvieron sujetos a la revisión de la Junta para la protección de sujetos humanos (IRB) de la Universidad.
Mucho se ha escrito acerca de clínicas libres y programas de bajo costo para los pobres, pero poco sobre las dificultades que esas mismas personas tienen para acceder realmente a los servicios. En mi intento de obtener esta información sobre una base de primera mano, fui a la ciudad de Nueva York y me puse en contacto con personas pobres y marginadas en las calles y en entornos públicos. Elegí una queja relativamente benigna que no necesitara la utilización de laboratorio o radiología y en esa condición asistí a nueve clínicas creadas específicamente para cuidar de los indigentes, con el pretexto de tener un extraño dolor de cabeza y diplopía (' Me duele realmente mucho la cabeza y veo borroso…).
Como control testigo, visité a mi médico personal antes del inicio de la investigación, pretextando con la misma queja. Luego de realizar el ingreso recibí (de una forma muy rápida y respetuosa), la historia y el resumen del examen físico realizado (durante unos 40 minutos, incluyendo el examen oftalmológico), al que se sumó el cuestionario de rigor con preguntas relacionadas con diabetes, traumatismo craneal, coordinación, uso de fármacos, consumo de drogas recreativas, el consumo de alcohol y el consumo de cafeína. A partir de aquí se me ofrecieron opciones de tratamiento (juntos, mi médico y yo acordamos la Excedrina ®) en dosis proporcionadas, a las que se debían sumar consultas de seguimiento (me pidió evaluar los resultados de cinco a siete días y después con una actualización; si los síntomas persistían, debía volver inmediatamente).
La observación participante de esta investigación tuvo lugar en la ciudad de Nueva York durante un período de cuatro a 10 días durante los meses de invierno en un período de cinco años (es decir, una colecta de datos por año).
Síntesis de Experiencias y Observaciones
El mes fue de febrero, las condiciones meteorológicas eran duras, y la temperatura era de bajo cero. Añoraba mi chaqueta invierno caliente, botas y guantes, así como muchas otras cosas que antes había considerado naturales. Vestida con medias finas y zapatos gastados, una vieja y muy usada chaqueta antiguo y una bufanda rasgada, fui a la primera clínica para personas sin seguro médico... No quise llevar bolso; tenía unos pocos dólares en un bolsillo de chaqueta junto con un puñado de monedas. En una media, llevaba mi tarjeta de identificación (ID) de la facultad, mi tarjeta de claves de habitación de hotel y 20 dólares.
La primera clínica que elegí para visitar estaba a más de 30 cuadras del hotel céntrico donde me alojaba, por lo que pensé en tomar un taxi. Sin embargo, ninguno se detuvo a recogerme. Inicialmente, no entendí la causa hasta que me miré en una vidriera: sin duda, alguien como yo no podría permitirse un colectivo y mucho menos un taxi. Caminé las 30 cuadras hasta la clínica. Cuando entré, percibí el cambio de temperatura por la calefacción. Realmente tenía el dolor de cabeza con el que me iba a presentar, así como una ampolla en mi pie porque la tarjeta de identificación me rozaba la piel. Me di cuenta de que la atmósfera reinante era un eco de la desesperanza que uno puede sentir al estar enfermo, ser pobre y no tener hogar. En el área de recepción y sala de espera, había las sillas de plástico contra paredes que eran el color de color avena y un cesto desbordado de basura en una esquina. Casi podría oír decir a Dante "Vosotros que entráis aquí, abandonad toda esperanza..." (Alighieri, n.d., 12). En las paredes había carteles de colores vivos que proclamaban, "usted también puede contagiarse SIDA! Use condones".
Como me dirigí al mostrador de recepción, me di cuenta de que había otros pacientes en las incómodas sillas: un hombre de edad con una barba gris y sin calcetines y una mujer con un gran forúnculo por encima de su ojo izquierdo que se había propagado por todo el lado izquierdo de su cara. Había dos mujeres jóvenes detrás del mostrador hablando acerca de alguien denominado a Pete. Aparentemente, Pete era un perdedor, pero tenía una pinta increíble y no le gustaba llevar sus novias a cenar, pero esperaba meterlas en la cama sólo chasqueando sus dedos. La primera chica aconsejaba a la otra tumbarlo antes de que se diera cuenta y listo. La segunda niña habló extensamente acerca de si debía quedarse con este hermoso pero barato semi -dios o enfrentar el problema de encontrar otro novio.
Aunque la conversación era fascinante, pensé que escuchar más de cinco minutos acerca de las virtudes y vicios De Pete era suficiente, e intenté entrar en la conversación. Las dos chicas me miraron con sorpresa, y, a continuación, la novia de Pete dijo: "En un minuto estamos con Ud." A continuación, volvieron a la conversación, que duró varios minutos. Cuando acabó, una de las chicas se sentó en el desordenado mostrador de recepción y dijo, "Bien?" Le hablé acerca de mi nuevo dolor de cabeza. La Chica Uno preguntó cómo iba a pagar. Respondí, "pagar? No tengo dinero. "
La Chica Uno miró a la Chica Dos puso los ojos en blanco y dijo “Otra de esas”
Me entregó algunas planillas y me dijo que las llenara., "...y no me robes la birome” dijo ácidamente. Cuando devolví las planillas, la Chica Uno les echó una ojeada y dijo: "dolor de cabeza, verdad?" Como asentí, ella le dijo a la Chica Dos, "Probablemente se cayó cuando estaba borracha y no puede recordar." Rieron. Recuerdo que enrojecí y apreté los puños para no abofetearla y gritar, "Basta de tratarme como si no pudiera oírla. Soy una enfermera y una profesora. Pero lo más importante, soy un ser humano!" Sin embargo, debí soportar la humillación delante del personal y de los otros pacientes en la sala de espera.
Lo lamentable fue que yo no era una excepción; las dos recepcionistas trataban a los otros pacientes de la misma manera. Y como yo, los demás aceptaron el trato inhumano y vergonzoso sin decir una palabra. Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar, por lo menos desde mi punto de vista. Me dirigí hacia el hotel, con el pensamiento en lo que había visto y en cómo había sido tratada. Cerca de Broadway y de los sitios turísticos de la ciudad, empecé a notar que había personas mejor vestidas y que me evitaban. Nadie parecía querer estar demasiado cerca de mí. Esto me afligido aún más. Traté de sonreír a varias personas, pero me evitaron y se alejaron rápidamente. Intenté preguntar cómo llegar al hotel pero nadie parecía poder podría responderme.
Cuando finalmente llegué a mi hotel, estaba helada, cansada y confundida por lo que había experimentado. Fui a la puerta principal e intenté entrar. El portero vestido con un uniforme pseudo-militar me bloqueó la entrada."Disculpas" dije y traté de entrar. Se me interpuso. Pregunté si había algún problema. Me dijo que me fuera y que no molestara el a los huéspedes. Yo le informé que era uno de ellos y me sentí avergonzada y humillada nuevamente. Con tono altanero le dije que se hiciera a un lado para que pudiera llegar a mi cuarto. Ácidamente me dijo que el Hotel Sheraton "no permitía dormir en el umbral"
Me erguí cuan alta soy y lo miré a los ojos diciendo “Soy la Dra. June Romeo y estoy realizando una investigación. Ahora permítame entrar." Él se rió y respondió: "sí y yo soy un neurocirujano". A continuación, amenazó con llamar a la policía si yo no dejaba las instalaciones del hotel. Sugerí que no era necesario involucrar a la policía, mientras extraía mi tarjeta de identificación y clave de la habitación. A pesar de las pruebas, el portero llamó al gerente que escuchó mi historia y examinó mi tarjeta. Le propuse subir a mi habitación y buscar en el cajón de la parte superior derecha de la cómoda donde encontraría mi camisa roja y una novela, que probaría que yo realmente me estaba alojando allí. El gerente, entonces, aunque a regañadientes, me permitió entrar en el hotel. Él y el portero, a continuación, intercambiaron comentarios acerca de que la clientela del Hotel Sheraton “ya no era lo que solía ser."
Cuando me dirigía a mi habitación al final del pasillo, uno sirvienta que pasaba me miró y me dijo en un inglés con fuerte acento "se siente usted bien? ¿Necesita ayuda?" Le conté un poco sobre el trabajo que estaba haciendo. Ella sólo sonrió y dijo entonces: "¿qué esperaba?" En mi visita a la tercera clínica esperé más de dos horas por una consulta. Estaba sentada junto a un hombre de raza negra que tenia entre 40 y 50 años. Tenía el brillo acerado de la piel del que vive en las calles por un período prolongado. Sus cabellos estaban sucios e indisciplinados, y tenía la barba crecida. La ropa estaba raída y rota y no abrigaba lo suficiente en aquel amargo día de febrero. Las suelas de los zapatos tenían agujeros y no llevaba medias. Parte de su pie izquierdo era visible: su dedo gordo estaba amoratado y los dos dedos adyacentes iban en camino.
La mayoría de mis intentos previos de conversar con otros pacientes en salas de espera de la clínica no había ido muy bien. La mayoría de las mujeres y los hombres indigentes que esperaban tranquilamente no habían respondido a mis intentos de conversación, comentarios o preguntas. Sin embargo, este hombre me dijo que su nombre era Samuel y que estaba sin medias desde hacía unos meses. De hecho, me contó cómo había pasado la última noche en un refugio y algunos hombres lo habían arrinconado mientras lo despojaban de su pulóver, su camisa, sus calcetines y su slips. Lo contaba sin rencor, como si fuera parte de la vida normal y esperada. Le dije que tenía un par de calcetines guardado distancia y le ofrecí el par que estaba usando. Con entusiasmo se sacó los zapatos y se puso mis calcetines. En sus dedos negros, se percibían también rayas amarillas (es decir, los signos de gangrena) que se extendían por los pies y tobillos.
Le pregunté si se había lastimado los pies. Samuel sonrió y respondió que hacía mucho que no sentía sus pies. Mi cerebro de enfermera se fue horrorizó por su falta de sensibilidad y la prueba evidente de gangrena. Le pregunté si le había dicho a algún médico acerca de los signos y síntomas en sus pies y piernas. Me dijo que sí y que varios “doc” le había dicho que debía “cortarse los pies” o moriría de "soopis" [sic] (es decir, sepsis). Cuando le pregunté qué iba a hacer, respondió, "¿qué quiere decir? ¿Cómo podría caminar sin pies?" Cuando volvía a mi hotel, pensé en Samuel y, de hecho, aún pienso en él hoy y me pregunto qué habrá sido de él. ¿Qué margen de elección se tiene realmente en situaciones de extrema pobreza como la de Samuel cuando no se disponen de prótesis y rehabilitación ¿Cómo sobrevivir en las calles en muletas? Estos pensamientos y preguntas pasaron por mi mente como me dirigía por las calles heladas de Nueva York en el frío de febrero sin medias y con los pies adormecidos por el frío.
Después, encontré a Margie, una mujer afroamericana sentada en la acera junto a una pequeña tienda cerca de Lincoln Center. Tenía un gato blanco y negro en su regazo. Noté su falta de dientes cuando me sonrió. Hablamos un poco del clima frío y del gato. Por último me preguntó de donde era y comentó que no parecía que yo fuera de Nueva York Respondí que había llegado recientemente de afuera y necesitaba atención médica. Margie me recomendó enfáticamente ir a una cierta clínica donde "las enfermeras eran amables". Me dijo que allí la habían animado a tomar insulina para su diabetes. Cuando le pregunté por qué no quería tomar la insulina, ella miró sorprendida y preguntó cuánto tiempo iba a estar en libertad si la encontraban con agujas encima. Tenía razón. Por otro lado, la usarían de punto si se corría la voz de que tenía acceso a jeringas. Muchas personas pobres y sin hogar que conocí en lugares públicos y clínicas tenían problemas médicos de importancia. Algunos habían estado en clínicas donde se hicieron reales intentos por ayudarlos pero otros muchos fueron a las clínicas donde experimenté interacciones humillantes y una atención insuficiente. Pensé en mis propios pacientes del centro médico urbano donde trabajo y en las varias clínicas libres donde asisto regularmente como voluntaria. Recordé lo pesimista y triste que me sentí cuando tuve que atender a alguien que sabía que pasaría la noche bajo un puente. Recordé debates con mis colegas sobre el concepto de "Medicina de la pobreza," una frase acuñada por el Dr. David Hilfiker en Washington, DC (Hilfiker, 1994). Puedo entender la frustración y cansancio que deben sentir muchos trabajadores sociales, así como su sensación de impotencia y desesperanza.
En siete de las nueve clínicas que visité haciéndose pasar por una mujer extremadamente pobre de la ciudad de Nueva York fui tratada de manera irrespetuosa y nadie atendió mis consultas. Las revisaciones clínicas fueron superficiales y me hicieron escasas preguntas acerca de mi historia clínica, medicación actual o drogas. No se ordenaron tests diagnósticos. El único tratamiento indicado consistió en dos tabletas de Tylenol ®. No se me indicó que volviera para control ni me dieron ninguna información. En dos de las clínicas, uno de los cuales consistía en una camioneta, me trataron con respeto a pesar de mi apariencia, domicilio desconocido y falta de seguro médico o dinero. En sólo dos de esas clínicas el personal estaba formado por enfermeras que se sentaron conmigo para recabar y registrar mi historia mirándome con atención mientras yo respondía a sus preguntas. En otra se interesaron en saber si yo tenía alguien que pudiera hacerse cargo de mí y se ofrecieron a llamarlo.
Visité estas clínicas durante cinco años con resultados parecidos. En general, con las excepciones aquellas dos clínicas, fui humillada, burlada y menospreciada como ignorante e incompetente. También me sentí como si estuviera invisible, una molestia. Los prestadores de la mayoría de las clínicas que visité suponían que yo no tenía ningún conocimiento de mi salud anterior o historia clánica. Me trataban como si no fuera una persona. Aunque mis experiencias hubieran sido peores si yo no hubiera sido blanca, no hubiera hablado inglés o hubiera sido física o mentalmente discapacitada.
DISCUSIÓN AND CONCLUSIONES
Las experiencias y observaciones obtenidas durante este estudio de observación participante muestran fehacientemente la inoperancia de los cuidados médicos a los que tiene acceso la población que se halla bajo la línea de pobreza. Puede concluirse que la atención médica de los sujetos pobres y marginales se basa sobre el prejuicio de que sus problemas de salud se debenca su conducta anterior, lo que es consistente con la “teoría de la cultura de la pobreza”. Además, en consonancia con el concepto de orientación de tiempo de actualidad, así como la teoría situacional de la pobreza, las personas pobres y marginadas son tratadas a menudo como si no existieran. En efecto, los prestadores los hacen esperar indefinidamente, a diferencia de los pacientes de clase media o alta en los consultorios privados. También desde una perspectiva funcionalista, los resultados mostraron que mientras la pobreza crea un tipo de trabajo sanitario, los prestadores manejan el concepto de que pobres y marginados no usan el servicio para cubrir necesidades de salud sino para otras cuestiones.
Intentar acceder a la atención de la salud como un miembro de un grupo marginado puede ser una experiencia muy difícil. Sin embargo, a pesar de las barreras la desesperanza y la falta de recursos he encontrado trabajadores sanitarios, enfermeras y prestadores de atención primaria que demostraron mucha preocupación por las personas pobres y marginadas en tanto seres humanos. Muchos cuidadores deben utilizar escasos recursos de forma creativa y llevar su conocimiento a una práctica “de trincheras”. Al educar a un paciente sin hogar sobre la atención de una herida, una dieta diabética o comportamientos que minimizan la enfermedad vascular periférica, uno debe saber que el paciente probablemente no tiene acceso al agua corriente para lavarse las manos antes de cambiar un apósito, puede comer de basureros o en una olla popular y no puede sentarse con sus pies elevados si vive bajo un puente. Cuidar de estas poblaciones ofrece grandes retos profesionales y recompensas ocasionales, pero no todo el mundo puede prosperar en este tipo de tarea. Por lo tanto, ser conscientes de los riesgos y reconocer las limitaciones y reconociendo agotamiento es crucial para los prestadores de servicios de salud con pacientes indigentes y pobres. Recuérdeme la próxima vez que se encuentre a las cinco de la mañana al final de una larga y frustrante semana y vea en la sala de espera sólo una última paciente sesión en la sala de espera, mire de cerca. Puedo ser yo.
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